Luis Semprún Jurado
El Bohemio tenía ese aire de los días de resaca, cuando las noticias han sido tantas que el café parece la única certeza. Carmen servía sin preguntar, porque ya sabía que la mesa del rincón no se llenaba de casualidad. Anacleto había llegado temprano, sin el apuro de los días de gran noticia, y desplegó sobre la mesa un recorte de prensa que había estado guardando en el portafolio. No era un artículo, era una carta abierta de una de esas organizaciones que dicen representar a la oposición.

El pichón de periodista, que siempre llega con el teléfono caliente, esta vez no traía un rumor. Traía una pregunta que le quemaba los labios. «Anacleto, ¿qué cree usted de esa gente que dice que el chavismo entró en crisis después del secuestro de Maduro? ¿Es verdad o es propaganda?»
Anacleto no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo y dejó que el humo se elevara hasta el techo antes de hablar. «Camarita, hay derrotas que destruyen ejércitos y derrotas que destruyen horizontes. Las primeras pueden repararse. Las segundas suelen ser mortales.» Dio una calada y siguió: «El chavismo no entró en crisis, camarita. La crisis la quieren vender los que necesitan imaginarse un futuro para sobrevivir. Pero la resistencia venezolana, ante las sanciones, los bloqueos y las guerras de todo tipo, ha demostrado que la soberanía ni se vende ni se cambia. Eso es lo que no entienden los que confunden la estrategia con sumisión.»
El coronel retirado, que había estado escuchando en silencio, dejó la taza sobre la mesa. «Es cierto, Anacleto. He visto batallas que se pierden por falta de munición, pero también he visto pueblos que se rinden por falta de convicción. Aquí no ha faltado munición, aunque hayan tratado de quitárnosla. Lo que no han logrado es quitarnos la convicción.»
«Y esa convicción, coronel, tiene un nombre: soberanía.» dijo la profesora, ajustando sus lentes. «No es un concepto abstracto, camaritas. Es la capacidad de un pueblo de decidir su propio destino sin que otro se lo imponga. Y eso, en el caso de Venezuela, se ha demostrado con hechos, no con discursos.»
El boticario, fiel a su papel de ingenuo estratégico, movió la cabeza. «Pero Anacleto, ¿cómo es que la gente sigue creyendo en el chavismo después de tanto sufrimiento? ¿No es acaso una muestra de que la crisis existe?»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro. «Boticario, las sociedades que atraviesan largos períodos de incertidumbre suelen obsesionarse con la figura de quien promete restaurar el orden. Pero el chavismo no promete restaurar el orden, camarita, el chavismo es el orden que hemos construido juntos. No es perfecto, no es inmune a los errores, pero es nuestro. Y eso, camarita, es lo que los pseudo líderes de la oposición apátrida no entienden: que un pueblo no se rinde cuando tiene un proyecto propio.»
El viejo periodista, con esa sabiduría de quien ha visto demasiadas guerras mediáticas, intervino desde la barra. «Y hablando de pseudo líderes, Anacleto. A esa gente que se dice oposición, que se ha vendido al mejor postor, que ha pedido sanciones, que ha celebrado el bloqueo, que ha tratado de convencer al venezolano de que somos un país tutelado. ¿Qué les queda?»
Anacleto exhaló el humo lentamente, como si cada palabra fuera una baldosa que colocar. «Les queda la hipocresía, camarita, la hipocresía de decir que quieren la libertad mientras piden más cadenas para su propio pueblo, la hipocresía de llamarse demócratas mientras celebran el bloqueo que asfixia a su propia gente, la hipocresía de la Sayona, que dice representar al pueblo mientras se ha pasado años tratando de dividirlo.»
La estudiante de sociología, que había estado tomando notas, levantó la vista. «¿Y por qué la gente les cree, Anacleto? ¿Por qué toleran cosas que antes consideraban inaceptables?»
Anacleto la miró con una mezcla de ternura y dureza. «Porque, mi niña, a veces las moscas se paran donde no las podemos espantar. Y porque nos dejamos confundir por el mal ejemplo internacional. Gaza, Ucrania, las guerras que parecen lejanas pero que nos enseñan que la injusticia se normaliza cuando la vemos repetida. Pero la pregunta clave no es por qué toleramos, sino por qué olvidamos.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, desplegó un informe de la CEPAL. «Antes del secuestro de Nicolás y Cilia, Venezuela llevaba 16 trimestres consecutivos de crecimiento. Ningún otro país latinoamericano lo ha logrado. Y eso que tiene más de 900 sanciones en la espalda. Eso, camaritas, no es una crisis, es una resistencia.»
«Y la resistencia» dijo Anacleto «tiene un motor: la soberanía. La soberanía no es un eslogan, camaritas. Es la certeza de que el petróleo es nuestro, de que el territorio es nuestro, de que el futuro es nuestro. Por eso cuando el hegemón dice ‘queremos petróleo’, nosotros respondemos: ‘páguenlo’.»
El pichón de periodista, con los ojos abiertos como platos, preguntó: «¿Y entonces qué diferencia hay entre legalidad y legitimidad?»
Anacleto sonrió, esa sonrisa de quien sabe que la respuesta es más sencilla de lo que parece. «La legalidad, camarita, la impone el que tiene el poder. La legitimidad, la da el que tiene la razón. Y en Venezuela, camaritas, la legitimidad está del lado del pueblo que ha resistido, que ha trabajado, que ha construido a pesar de todo. El chavismo tiene legitimidad porque el pueblo lo ha sostenido. No porque le hayan dado permiso, sino porque lo ha elegido.»
Carmen, que había estado escuchando desde la barra, dejó el trapo y se apoyó en el mostrador. «Anacleto, y entonces, ¿qué hacemos con los que nos quieren vender la idea de que estamos derrotados?»
Anacleto apagó el cigarrillo y se levantó. «Carmen, la pregunta no es qué hacer con ellos. La pregunta es qué hacer con nosotros. ¿Vamos a dejar que nos digan que estamos tutelados cuando hemos demostrado que somos soberanos? ¿Vamos a dejar que nos digan que estamos derrotados cuando hemos resistido más de 1000 sanciones? ¿Vamos a dejar que nos digan que el chavismo está en crisis cuando el pueblo ha demostrado que no se rinde?»
El coronel retirado, con su voz grave de hombre de armas, respondió: «No, Anacleto. No vamos a dejar que nos digan nada. Vamos a seguir trabajando, resistiendo, construyendo. Porque la soberanía no se defiende con discursos, se defiende con hechos.»
Anacleto asintió y caminó lentamente hacia la puerta. Me hizo una seña. Se detuvo en el umbral, se medio volteó, con esa costumbre que ya es su sello, y soltó: «El filósofo español José Ortega y Gasset escribió que ‘la vida es una serie de colisiones con el futuro; no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser’. Y nosotros, camaritas, anhelamos ser libres. No libres de las dificultades, sino libres de la tutela; no libres del trabajo, sino libres de la sumisión; no libres del dolor, sino libres de la vergüenza.»
Hizo una pausa y añadió: «Así que la próxima vez que alguien les diga que el chavismo entró en crisis, recuérdenle que la crisis no está en el chavismo. La crisis está en quienes no pueden imaginar un futuro sin el imperio. Y nosotros, camaritas, sí podemos imaginarlo. Porque lo estamos construyendo.»
La puerta de El Bohemio se cerró con un golpe suave. Afuera, Maracaibo seguía su curso. El ventilador siguió girando. Y en el silencio de El Bohemio, la pregunta quedó flotando en el aire, como el humo que todavía no se disipa: “¿Cuánto tiempo más seguiremos permitiendo que quienes han vendido su patria nos digan cómo debemos sentirla?”
La resistencia como hecho, no como discurso – La narrativa de la «crisis del chavismo» no se sostiene ante los hechos. Antes del 3 de enero de 2026, Venezuela acumulaba 16 trimestres consecutivos de crecimiento económico, según la CEPAL, el mejor desempeño de América Latina. Este crecimiento se produjo a pesar de 952 sanciones unilaterales impuestas por Estados Unidos, la Unión Europea y otros países, que afectaron sectores clave como la industria petrolera, la salud y la alimentación. El economista venezolano Asdrúbal Oliveros ha señalado que «la capacidad de resistencia de la economía venezolana ha sido subestimada por los analistas internacionales, que no han considerado los mecanismos de adaptación desarrollados desde la base social». Las sanciones no lograron quebrar la voluntad popular, sino que fortalecieron una conciencia de soberanía que se expresa en la defensa de la independencia nacional y en el rechazo a cualquier forma de tutelaje extranjero.
La degradación de la república: entre la hipocresía y la sumisión – Los sectores de la oposición que han pedido sanciones y bloqueos han intentado vender la idea de que Venezuela está “tutelada” por Estados Unidos. Sin embargo, la respuesta del gobierno ha sido una política de soberanía activa: alianzas con China, Rusia, Irán, Turquía y la India; mecanismos de pago alternativos al dólar; y una diplomacia que ha logrado mantener el reconocimiento de la mayoría de los países del mundo, que condenaron el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores como una violación del derecho internacional. El filósofo francés Paul Ricoeur escribió que “la memoria es un deber, no solo un derecho”. Olvidar que la crisis fue inducida por acciones externas y por una oposición que celebró el bloqueo sería una forma de traición a la memoria colectiva.
La soberanía como proyecto colectivo – La soberanía no es un concepto abstracto, sino una práctica cotidiana que se expresa en la defensa de la patria, en la identidad nacional y en la capacidad de decidir sin imposiciones externas. La filósofa española María Zambrano escribió que “la patria es el lugar donde uno es responsable”. En el contexto venezolano, la soberanía ha sido el eje de la resistencia contra el bloqueo, las sanciones y el secuestro de la pareja presidencial. No se trata de una sumisión a un líder, sino de la construcción colectiva de un proyecto de independencia que ha resistido décadas de agresión imperial. La pregunta que queda flotando, camaritas, no es si el chavismo está en crisis, sino si quienes pretenden vender esa idea han entendido que la soberanía, cuando es verdadera, no se negocia.
El Pepazo
Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com
https://elpepazo.com/la-soberania-como-escudo-cuando-las-moscas-no-encuentran-donde-posarse/?fsp_sid=20226











